Obsesionarse con la felicidad te puede volver extremadamente infeliz

Obsesionarse con la felicidad te puede volver extremadamente infeliz

La felicidad es un fenómeno tan subjetivo como científico. Desde el punto de vista biológico, la podríamos definir en serotonina y oxitocina, u otros neurotransmisores (mensajeros químicos) de difícil pronunciación que se relacionan con la existencia de dicha emoción. Sin embargo, desde el punto de vista de la psicología la historia es completamente diferente. Como los otros sentimientos abstractos, la felicidad significa algo distinto para cada ser humano.

La felicidad como el fin último de la vida.

La “psicología positiva” dice que no es necesario buscar la felicidad: ella está al alcance de nuestras manos.

Sin embargo, desde que la emoción se convirtió en un objetivo de vida las cosas no son tan felices. Esa obligación de encontrar la felicidad no es algo nuevo, pero se desconoce quiénes fueron los primeros en adoptar esta regla y cómo llegó a convertirse en el fin de vida del mundo entero. Lo que sí se sabe es que nos ha estado perjudicando. En el libro La euforia perpetua: sobre el deber de ser feliz, el escritor francés Pascal Bruckner apunta que “la depresión es el mal de una sociedad que decidió ser feliz a cualquier precio”.

Y parece que es verdad, pues a la misma conclusión llegó un nuevo estudio de la Universidad de Melbourne, en Australia, donde se concluye que mucha gente es infeliz a causa de esa búsqueda incesante por la felicidad.

Esta investigación, publicada en la revista Emotion, encontró que el “súper énfasis” de la felicidad, como una presión social, puede volver a las personas mucho más frágiles y susceptibles a fracasar. Esa “regla” de buscar a cualquier precio emociones positivas y evitar al máximo las negativas viene incrementado de forma significativa el estrés a largo plazo.

El experimento de la felicidad.

Estas conclusiones se alcanzaron a través de un experimento muy bien estructurado: consistió de la participación de tres grupos de estudiantes de psicología originarios de Australia, mismos a los que se les pidió resolver una serie de anagramas. El grupo A tenía la misión de resolver 35 anagramas en 3 minutos. Sin embargo, los participantes desconocían que entre los 35 anagramas 15 no tenían solución, es decir, estaban diseñados para que fracasaran.

Los estudiantes fueron llevados a un salón decorado con múltiples carteles motivacionales, notas coloridas y libros de autoayuda. Un instructor les hablaba de forma alegre e incluso realizó un discurso sobre la importancia de la felicidad antes de iniciar la tarea.

Por otro lado, el grupo B tenía la misión de llevar a cabo la misma prueba, pero en un salón completamente neutro. El instructor también era neutro y no recitó discurso alguno. Mientras que el grupo C, a diferencia de los dos primeros, resolvería solamente anagramas posibles. El salón y el instructor de este último grupo eran iguales a los del grupo A, puro positivismo y felicidad.

Una vez que los grupos terminaron las tareas asignadas, los investigadores solicitaron a todos llevar a cabo un ejercicio de respiración (prácticamente una meditación) durante el cual fueron cuestionados sobre sus pensamientos. Entre todos los voluntarios, aquellos estudiantes que formaban el grupo A fueron los más afectados por el fracaso. Los del grupo B, a pesar de que también fallaron, no se mostraron tan tristes. Y, respecto al grupo C, el único con posibilidad de éxito en la tarea, tampoco se observó el desánimo.

La obsesión por la felicidad nos vuelve más sensibles al fracaso.

“En el momento que las personas ponen una gran presión sobre sí mismas para sentirse felices, o piensan que los otros en su entorno hacen esto, automáticamente se hacen mas propensas a ver sus emociones y experiencias negativas como señales de fracaso”, dice Brock Bastian, coautor del estudio. “Esto terminará generando más infelicidad”.

Los científicos llegaron a la conclusión de que el grupo A, inmerso en un entorno de “súper felicidad”, afrontó de peor forma el sentimiento de fracaso respecto al otro grupo que también fracaso, pero en un salón neutral. Es como si se volvieran incapaces de experimentar sentimientos negativos al estar en un ambiente positivo.

Y esta metáfora puede extrapolarse a la vida real: la obsesión por la felicidad nos inhibe de experimentar sensaciones malas. Cuando sucede esto significa, para todas las demás personas, que somos individuos infelices.

La cultura de la felicidad.

Pero la investigación profundizó en el tema, y a través de un segundo experimento entrevistaron a 200 adultos estadounidenses sobre el número de veces que sintieron o pensaron emociones negativas, así como su punto de vista sobre la forma en que la sociedad percibe dichas emociones. El resultado: los participantes que mencionaron sentir una presión social por la felicidad hicieron énfasis en las consecuencias negativas. Dijeron sentir estrés cuando experimentan emociones malas, además de pasar por una reducción en su bienestar y satisfacción con la vida.

“El riesgo de creer que debemos evitar experiencias negativas es que solemos responder mal cuando estas se presentan”, dice Bastian. Y, se quiera o no, siempre surgen. En resumen, esta investigación vino a constatar que la búsqueda incesante por la felicidad y la no aceptación de la tristeza o el fracaso sólo acarrea un mayor grado de infelicidad. Saber afrontar los bajones de la vida podría ser la clave para llegar al equilibrio que tanto se busca.

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