La época de los ídolos mediocres

La época de los ídolos mediocres

“En mi época era mejor”, ¿cuántas veces no has dicho o escuchado a alguien más decir esa frase?, ¿será que somos unos nostálgicos sin remedio? Es una posibilidad que no puede ignorarse, pero quizá la respuesta sea diferente. Quizá nuestra época, en determinados ámbitos, realmente fue mejor. ¿Sería posible hacer una medición de una opinión tan subjetiva? Un parámetro interesante, aunque sumamente discutible, es medir dicho valor a través de los ídolos que existieron en cada época.

Si nos basamos en estos términos, por supuesto, no faltarán aquellos que defiendan que Hugo Sánchez fue mejor que Chicharito Hernández, que Rafa Márquez es mejor de lo que fue Sánchez, que Carlos Hermosillo fue mejor que Márquez, que Benjamín Galindo fue mejor que Hermosillo y que el mejor de todos es Cuauhtémoc Blanco. Pero no es algo tan simple. En el caso de los atletas antes mencionados la excelencia, e incluso la genialidad en su disciplina, resulta evidente en todos. No son las estadísticas o jugadas registradas en un video las que definen la opinión, sino simplemente el gusto personal por la técnica o personalidad de cada jugador. El problema viene cuando una generación entera de ídolos es innegablemente mediocre.

A través de toda la historia humana los mediocres han existido en cada uno de los ámbitos sociales, ya sea en los deportes, en la política, en la religión, en la guerra, en las ciencias o en la cultura. Y nos hemos terminado acostumbrando a su presencia. La mayoría de las veces son totalmente inofensivos e incluso necesarios. Sin embargo, el problema surge cuando se vuelven dominantes, como sucede en el escenario cultural del mundo occidental. Es posible apreciar esto en los vloggers, socialités, literatos y cineastas, entre muchos otros.

Pero este fenómeno se ha hecho mucho más evidente en la música popular. Estoy seguro de que alguna vez te has encontrado a ti mismo viendo uno de esos reality shows de domingo, durante la presentación del intérprete, y pensando: “oye, yo puedo hacerlo mucho mejor” o “oye, el que pide monedas aquí en la esquina es mil veces mejor”. Lo que en primera instancia pareciera un arranque de despecho (después de todo estás echado sobre el sofá alimentando la pereza y no presentando tus “talentos” en la caja idiota ante millones de televidentes), quizá sea una percepción pura y cristalina de la realidad. A menos que seas realmente un cantante de bar, entonces sí, es puro despecho.

Cualquiera que sea el caso, basta con observar a los campeones actuales de la audiencia. Ni siquiera hay que citar nombres. Date cuenta que no son particularmente atractivos, ni particularmente inteligentes, tampoco son muy articulados, ni particularmente talentosos, de particulares tienen poco o nada. Son personas comunes y corrientes. En la época dorada de Hollywood solía decirse que bajo todo ese glamour y maquillaje, estrellas como James Dean o Marilyn Monroe simplemente querían ser personas normales, pero les resultaba imposible pues tenían un talento o carisma monstruoso. En nuestra época las cosas son al revés: ni todo ese glamour, ni todos esos kilos de maquillaje pueden esconder la mediocridad de estas personas.

Yo sé que la palabra “mediocre” es fuerte. Es una palabra que impacta, que agrede la sensibilidad de los más delicados. Pareciera que estoy ofendiendo, haciendo menos o descalificando a una persona. Pero va mucho más allá. El término “mediocre” suele ser mal empleado y más comúnmente mal interpretado. Yo lo empleo desde su significado original: mediocre significa promedio. Ni bueno, ni malo. Ni caliente, ni frío. Tibio. Con respecto a los “artistas” de esos programas de domingo, este sería el mejor de los diagnósticos. Es el popular caso del “antes se era famoso por ser especial, ahora se es especial por ser famoso”.

Los Premios Grammy Latinos tuvieron días mejores. Éramos felices, aunque lo ignorábamos, en la época en que Café Tacuba fue nominada a álbum del año por Cuatro Caminos. Esa sensación apocalíptica se ve reforzada cuando vemos a los ídolos actuales danzar frente a miles de fanáticos en sus conciertos, pero apenas y pueden moverse en los realitys de baile donde se exige un mínimo de disciplina y técnica. ¿Cómo explicamos una paradoja así?

Mi teoría es que la culpa la tiene Internet. Sí, lo sé, le echamos toda la culpa a Internet. Sé que muchos ingenuos creen que el ser humano jamás llegó a la Luna gracias a Internet, sé que muchos otros creen en la dominación mundial por parte de un grupo de reptilianos o que el Holocausto es un cuento chino por culpa de la Internet. Pero no se trata de los falsos mitos esparcidos en la red.

La cosa es que Internet popularizó el acceso a la información, a la desinformación, al contenido prohibido, a la posibilidad de expresar opiniones particulares y a muchas otras cosas. Pero, sobre todo, popularizó la sensación de que “cualquiera puede llegar allí”. La Internet es como el punk del siglo XXI. El movimiento punk defendió que solo se necesitaban tres acordes para organizar una banda, y que lo verdaderamente importante era la actitud. Es algo totalmente cierto y positivo, y abrió todo un mundo de posibilidades e iniciativas, pero en el caso de los actuales “ídolos populares”, produjo un efecto secundario lamentable.

Para las grandes corporaciones mediáticas Internet fue, al mismo tiempo, una aliada y un estorbo. Actualmente, más un estorbo. Y no hay que engañarnos: nadie es famoso, pero un verdadero famoso no un simple “influencer”, si no está vinculado de alguna forma a una de estas empresas. La fama es como el capital en la Bolsa de Valores, si inviertes mucho los riesgos y el lucro son particularmente enormes. Por eso se busca minimizar riesgos. Los grandes empresarios del mundo artístico apuestan por lo seguro, nunca se arriesgan. Para lograr eso examinan el mercado y estructuran fórmulas.

Esa es la esencia del pop. Reunir un grupo de elementos que comprobadamente son del agrado del público objetivo de determinado género musical e invertir en un “artista” para vestirlo con ese estilo fabricado en el laboratorio. ¿Nunca te has preguntado por qué intérpretes que no conocían ni en su casa se convierten en celebridades de la noche a la mañana y ganan discos de oro en una época donde los discos son casi una reliquia? El pop suele pasar por alto el elemento humano, el pop es un simple diseñador. No importa si es fulano, zutano o mengano, lo importante es la inversión y la ganancia.

Y hay pop en el rap, pop en el rock, pop del hip hop, pop del heavy metal y pop en todas partes. En la práctica, el pop no es un género, sino una versión plástica del género. Todas esas fórmulas calculadas a detalle para agradar al mercado son las que vemos en los programas dominicales. No pueden mostrar nada que evoque “actitud”, pues se corre el riesgo de desagradar a consumidores potenciales. El discurso políticamente correcto tiene que estar siempre ahí, aunque en apariencia venda una especie de rebeldía domesticada.

Por eso es que los poperos actuales se visten como rockeros, mientras que los verdaderos rockeros elaboran discursos contra las drogas y las intérpretes abandonan sus looks de hembras alfa carismáticas para adoptar la apariencia de niñas bien. Y todos hacen la señal del corazón con las manos. Es la consagración de la estética “teletubbie” pregonada por los profetas del apocalipsis. Así, entre galanes carentes de virilidad, provocadoras santurronas, groupies vírgenes, hipócritas con un discurso familiar y cosas por el estilo, transcurre el flujo de la vida y una caja registradora que nunca se detiene

Y es que sin atravesar esa bendita sensación de mediocridad es imposible generar una identificación en la audiencia. Se acabaron aquellos tiempos en los que el público se conformaba con el espectáculo que representaba la metamorfosis y el baile de Michael Jackson, con la voz y genialidad de composición de Jorge Negrete o la pinta de galán de telenovela de Pedro Infante. Son cosas muy distantes. El internauta debe sentirse capaz de ser o hacer lo que su ídolo hace para sentir ganas de consumir, sin ser consumido por la envidia. Todo debe encontrarse en un tutorial a la mano.

Los seguidores de los ídolos mediocres, cuando dejan de teclear en Twitter, incluso pueden defenderse con el extraordinario e inédito argumento de “sobre los gustos no se discute”. Pero la verdad es que sobre el gusto sí se discute, lo que no se discute es la preferencia. Todos somos libres para elegir entre un helado Holanda o un Häagen-Dazs, pero al hacerlo, invariablemente sentamos un precedente de mal gusto.

Los intelectuales podrían argumentar que se trata solamente de un asunto generacional. Que cada generación tiene sus preferencias y todas son igualmente válidas, imposibles de ser cuantificadas o cualificadas. Pero es una explicación sumamente condescendiente.

No soy tan ingenuo como para creer que en mi época había pureza. Sé muy bien que los espectáculos siempre han sido negocios, pero también creo que hubo tiempos en los que hasta la basura era mejor producida y podía ser reciclada. El punto es que en el pasado existía cierto sentido de la individualidad y de las proporciones, aunque diluidas en el imaginario colectivo.

En la actualidad, cada cantante de pop parece igual al otro, mucho más que las bandas que se popularizaron en los 90s. En aquellos tiempos por lo menos algunos vocalistas tenían personalidad, destacando de sus clones que se sacudían a sus espaldas. Si el valor estético de la música es cuestionable, la “actitud” hizo que se mantuvieran en la memoria colectiva. Actualmente, intentar ser original se considera propio de un pedante. “Aparenta lo que no es”, dirían. ¿Pero acaso el objetivo de todo artista no es precisamente aparentar?

Me resulta interesante cuando le preguntan a un fan de estos ídolos mediocres qué es lo que más les gusta de su “artistas” y la respuesta es: “es una persona humilde”. También sucede mucho entre los participantes de reality shows: “votaré por tal porque es el más humilde”. ¿Cómo es posible? ¿Entonces debemos admirar a una persona por su humildad? Si fuera así, quizá sería mucho más fácil sentir admiración por la anciana que empaqueta las bolsas en el supermercado, una señora genial y humilde, incluso es más fácil pedirle un autógrafo, pues siempre está allí. Un artista, para por lo menos intentar ser artista, necesita un poco de orgullo creador. En algunos casos incluso resulta combustible para la creatividad. Lo contrario nunca es verdadero, ¿acaso has escuchado hablar de la humildad creadora?

Pero, no olvidemos que se trata solo de negocios. Incluso es posible sospechar que algunos de esos ídolos mediocres son más talentosos y pretenciosos de lo que sugiere la imagen que desean vender. Si no es una opción artística honesta, es una opción comercial viable y entendible. Como decía Andy Warhol, la vida es dura y la fama solo dura 15 minutos. Se debe aprovechar el momento, para en el futuro no parecer un fracasado que conduce programas de chismes dirigidos a las amas de casa. Los artistas atormentados por fantasmas internos son cosa del pasado, individuos que murieron a los veinte años, de tuberculosis en el siglo XIX, o de sobredosis entre 1950 y 1990.

Afortunadamente, si la Internet trae una enfermedad, también ofrece la cura. En dosis mínimas. Aquí también es posible encontrar verdaderos oasis de creatividad. No solo de música, también de literatura, arte, humor, cómics, críticas y muchas otras áreas. Lo único que se requiere es de paciencia para buscar. Estos creadores virtuales adquieren cada vez más notoriedad, y sus límites son virtualmente infinitos. Después de todo, sabemos lo que es Internet hoy, pero no lo que será mañana. Y ni siquiera hay mucho que podamos hacer para mejorar ese escenario cultural, más allá de seguir apostando a las tácticas de guerrilla.

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