El precio de un matrimonio

El precio de un matrimonio

Puede parecer un poco reduccionista pero, ¿recuerdas aquella ropa carísima que compraste – incluso a sabiendas de que ibas a tener que apretarte el cinturón para poder pagar – y de la que no te arrepientes por haber pagado tanto después de más de cinco años, pues se mantiene con el tejido en perfecto estado y aún parece adaptarse a tu cuerpo?

Me gusta observar la dinámica social. Las tendencias del pasado, después de años en el olvido, vuelven con todo y nosotros (o la gran mayoría de nosotros) creemos que es lo máximo volver a subirnos al tren de una moda. Resulta curioso darse cuenta que el matrimonio estuvo “pasado de moda” durante muchos años. La generación de las décadas del 80 y 90 (a la que pertenezco) parece haber crecido en una sociedad donde las relaciones ya no se tomaban en serio. Las personas se casaban y divorciaban como quien cambia de ropa. “Experimentar” era la palabra en boga. Cuando se escucha la palabra “vivir”, esta parece totalmente antagónica a “casado”. Como si fueran polos opuestos. Aquellos que quieren experimentar, disfrutar, probar y crecer no se casan. Mientras que aquellos que quieren tener una vida monótona y sin experiencias nuevas, se casan.

Crecí escuchando a las personas decir que no se querían casar jóvenes, pues eso echaría abajo sus planes de una vida exitosa profesional y personal. Lo confieso: me sentía una completa extraña. A veces, de verdad, me preguntaba si pertenecía a este planeta, pues desde los 14 años me enamoré del mismo hombre.

Incontables veces me pregunté si era eso lo que quería, pues como niña que era me sentía coaccionada a actuar como la enorme mayoría de las niñas de mi edad. Pero reflexionaba y entendía que no me sentía incapaz de hacer todo lo que soñaba, pues mi relación no me hacía sentir atada a nada ni a nadie, al contrario, me sentía feliz y realizada por estar, al inicio, con un amigo.

He escuchado a muchos decir que el matrimonio es una institución fallida, que las relaciones ya no duran, que las personas no saben amar, que todos los hombres son iguales. Sí, las personas cambian, el mundo cambia, las sociedades cambian y eso va a suceder siempre. Quizá esa nueva dinámica que se ha instalado en nosotros haya dado la impresión de que el amor ya no existe y que el precio a pagar por casarse con alguien es demasiado alto.

Que me perdonen aquellos que decidieron no casarse nunca, pero que ni siquiera lo intentaron, y que se mantienen perpetuando la falsa idea de que casarse es un sacrificio. Con todo respeto, están equivocados.

Quizá para algunos la experiencia fue desagradable y nosotros, seres humanos, con nuestra manía de etiquetar, acabamos tachando de inservible cualquier posible relación por todo lo malo que nos ha pasado. Las experiencias negativas forman parte de nuestras vidas, pero eso no quiere decir que todas serán así. El gran problema está en el hecho de creer que las desilusiones son un parámetro para todo pues, desafortunadamente, no nos prepararon para ellas (por la sobreprotección de nuestros padres). Existe la falsa idea de que cuando no hay un matrimonio, hay una cierta seguridad en no sufrir nuevamente algún tipo de desilusión, y con eso vamos abriendo espacio a una verdadera ilusión.

Me atrevo a decir aquí, que estamos viviendo un momento de gran revolución en la educación, en la tecnología, en la política, en la economía y también en el amor. Quizá el gigantesco flujo de información y el acceso que tenemos al mismo sean responsables de esto. Antes lo que se decía era puesto e instituido como una verdad. Entonces nos dijeron que el matrimonio salía caro, por eso desistimos de esa “inversión”, pero hoy podemos ver experiencias de jóvenes que se casaron y que, como yo, creen que se paga poco o nada por la gran oportunidad de autoconocimiento y de una experiencia única.

Al convivir intensamente con alguien el madurar es una consecuencia, cuando se está abierto a esa posibilidad. La intimidad de una pareja, cuando es plena y desprovista de tabús (y no me refiero solamente al sexo) es invaluable, no existe un precio que pueda valorarla.

Quizá estoy siendo optimista o previendo un futuro que no está muy distante, pero lo que veo es que los jóvenes un día se cansarán de “divertirse” solos y se darán cuenta de la importancia de la amistad.

¿Amistad? ¿Acaso no hablamos del matrimonio?

Si la amistad es algo que requiere amor, si la amistad es algo que requiere honestidad, si la amistad es algo que necesita respeto, si la amistad es algo que requiere de compañerismo y todo lo demás que ya sabemos; entonces el matrimonio se basa en la amistad. Y la amistad es algo que no tiene precio, y cuando hay sexo, ni siquiera necesito puntualizarlo. Si tienes un amigo/amiga así, cásate. Eso de que casarte arruina la vida no es verdad, la mejora. Y cuando menos te los esperas, mejora aún más y te das cuenta que cualquier precio que hayas pagado, valió la pena.

Quizá el matrimonio haya dejado de ser tendencia durante algún tiempo, pero la “moda” parece estar de vuelta, y puedes estar seguro: es un verdadero artículo de lujo para aquellos que aprecian su valor real.

Mira el video: El Precio De Un Matrimonio Feliz

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