Descubren 12 nuevas lunas en Júpiter

Descubren 12 nuevas lunas en Júpiter

Júpiter ahora tiene 79 lunas. Entre la docena de satélites que se descubrieron recientemente, uno cuenta con apenas un kilómetro de diámetro y de un momento a otro podría colisionar con cualquiera de sus compañeros. El 7 de enero de 1610, cuando faltaban aún dos siglos para que México iniciara su lucha por la independencia de España, un hombre llamado Galileo Galilei dirigió un primitivo telescopio al cielo y observó algo… era un conjunto de lunas que orbitaban a Júpiter. Se trataba de los cuatro satélites más grandes: Europa, Ío, Calisto y Ganimedes.

Mucho tiempo después, el 4 de marzo de 1979, un astrónomo llamado Stephen Synnott analizaba las imágenes obtenidas por la sonda Voyager en las inmediaciones del gigante gaseoso. A mitad del camino se encontró con una roca enorme, un objeto que posteriormente sería identificado como un nuevo satélite de Júpiter: Metis.

A comienzos del año pasado, un grupo de científicos encabezados por Scott Sheppard se valieron de un telescopio ubicado en Chile para buscar evidencias sobre la existencia del Planeta 9, un astro hipotético que orbitaria en la periferia del Sistema Solar. Curiosamente, Júpiter se apareció precisamente en la región del cielo que escudriñaban.

Las nuevas lunas de Júpiter.

Para sorpresa de propios y extraños, observaron más lunas en Júpiter. Siendo más precisos, una docena de ellas – entre las cuales hay una en ruta de colisión con las demás. “Por casualidad Júpiter se encontraba en nuestro campo de visión mientras buscábamos objetos extremadamente distantes”, detalló Sheppard en un comunicado. “Así, casualmente estuvimos en disposición de buscar nuevas lunas”.

Fue un acierto. Con estas nuevas adhesiones, que fueron aprobadas de forma oficial por la Unión Astronómica Internacional esta semana, el planeta más grande del Sistema Solar alcanza el impresionante récord de 79 satélites naturales.

Sin embargo, el descubrimiento dista mucho de la elegancia (y el tamaño) que se observó en aquellos satélites del siglo XVII. Por ejemplo, Europa está cubierta por una espesa capa de hielo que oculta un océano de 100 kilómetros de profundidad. En Ío podemos encontrar un suelo tapizado de azufre sobre el que se levantan montañas más altas que el Everest.

Si comparamos estas lunas majestuosas con los objetos descubiertos recientemente… no pasan de simples guijarros. Su tamaño es tan escaso que su gravedad ni siquiera es suficiente para forzarlos a asumir forma esférica.

Objetos peculiares.

Nueve de estos satélites transitan por órbitas muy abiertas, y giran alrededor de Júpiter en el sentido opuesto a su rotación (por esta razón se les conoce como retrógrados). Una vuelta de estas lunas al gigante gaseoso equivale a dos años terrestres.

Estos nueve objetos probablemente son los escombros que aparecieron tras la destrucción de tres lunas mayores que algún día orbitaron Júpiter más o menos a la misma distancia. La destrucción de estas lunas probablemente se debió a las violentas colisiones con otros objetos, pues la vida en el Sistema Solar es muy peligrosa.

Aclarado esto, todavía falta referirnos a tres de la nueva docena de novatos. Dos de estas lunas recorren curvas más cerradas alrededor de Júpiter, dando seguimiento al sentido de la rotación del planeta. Esto los hace los miembros más recientes de una familia de satélites que ya se conocían, mismos que demoran poco menos de un año para dar la vuelta a Júpiter.

El último es la oveja negra de la familia. Además de poseer menos de un kilómetro de diámetro – desde un punto de vista cósmico sería más un granito de arena que un satélite, tiene un problema esencial: gira en el mismo sentido de la rotación de Júpiter, pero su órbita cruza la zona de las lunas retrogradas.

Es decir, va en sentido contrario. Y creo que no necesitamos explicar las razones por las que una roca de un kilómetro de diámetro viajando a toda velocidad en sentido contrario resulta un auténtico peligro, ¿verdad?

La polémica en la clasificación de los satélites.

Existe una propuesta de bautizarla como “Valetudo”, en honor a una de las bisnietas de Júpiter en la mitología grecorromana. El descubrimiento de estas nuevas lunas minúsculas ha levantado una cuestión de suma importancia: en la actualidad, cualquier objeto que gire en torno a un planeta y cuya órbita pueda establecerse con confianza recibe el título de satélite.

Pero con técnicas de detección y análisis cada vez más sofisticados, resulta lógico que encontremos cada vez más rocas diminutas viajando gratis gracias a la gravedad de los planetas gigantes.

Un ejemplo extremo lo tenemos con los anillos de Saturno. Estos discos están formados por incontables partículas de polvo que, según el criterio actual, podrían considerarse satélites individuales por más ridículo que parezca. ¿Ha llegado la hora de establecer criterios más rigurosos, como un tamaño mínimo para clasificar a los objetos como satélite?

Michael Brown, el astrónomo cuyas investigaciones llevaron a que Plutón fuera rebajado a la categoría de planeta enano, dice que este aspecto es de suma importancia. “Las lunas contra los anillos pueden distinguirse de forma muy fácil. Las lunas contra las rocas, polvo y otras cosas que no son anillos es algo más complicado. No existe sitio razonable para trazar una línea”.

Antes que todo esto cambie, podrías dedicarte a buscar una pequeña roca que orbite la Tierra para que puedas bautizarla como te plazca.

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